Durante años se nos ha enseñado que las decisiones financieras deben ser racionales, calculadas y frías. Sin embargo, la evidencia científica y la experiencia cotidiana demuestran lo contrario: gran parte de las decisiones económicas que tomamos a diario están profundamente influenciadas por nuestras emociones, el contexto en el que vivimos y los hábitos que hemos aprendido a lo largo del tiempo.

Comprar sin planificar, postergar el ahorro, endeudarse sin evaluar riesgos o evitar revisar las cuentas no siempre es resultado de falta de conocimiento financiero. En muchos casos, es una respuesta emocional ante el estrés, la incertidumbre o la sensación persistente de que el dinero nunca alcanza.

El cerebro bajo presión financiera

La economía conductual ha demostrado que las decisiones relacionadas con el dinero no se procesan únicamente en áreas del cerebro vinculadas a la lógica, sino también en regiones asociadas a las emociones. Cuando una persona enfrenta presión económica —como deudas, ingresos inestables o gastos imprevistos— el cerebro activa mecanismos de alerta diseñados para la supervivencia, no para la planificación a largo plazo.

En estos estados, pensar en presupuestos, comparar opciones o proyectar el futuro se vuelve especialmente difícil. La mente se concentra en resolver lo inmediato, mientras el mañana queda relegado. Este fenómeno explica por qué, en contextos de estrés, muchas personas toman decisiones impulsivas que ofrecen alivio momentáneo, pero que a largo plazo profundizan los problemas financieros.

“La incertidumbre económica pone al cerebro en modo de emergencia. En ese estado es muy complejo evaluar con claridad un crédito, una inversión o incluso una compra cotidiana”, explica Gabriela Pesantez, Líder de Gestión Estratégica de Andalucía.

Sesgos que influyen sin que lo notemos

Además del estrés, existen sesgos emocionales que influyen constantemente en nuestra relación con el dinero. Entre los más comunes está la preferencia por recompensas inmediatas frente a beneficios futuros, el miedo a perder más que el deseo de ganar, o la tendencia a seguir el comportamiento de otros para no quedar fuera.

Estos atajos mentales no son fallas individuales; son mecanismos de protección emocional. Sin embargo, cuando dominan las decisiones financieras, pueden llevar a endeudamientos innecesarios, compras poco conscientes o a la parálisis frente a oportunidades que implican cierto nivel de riesgo.

Reconocer estos sesgos es el primer paso para reducir su impacto. Observar qué emoción está detrás de una decisión —ansiedad, miedo, euforia o necesidad de aprobación— permite introducir pausas y tomar decisiones más alineadas con los objetivos personales.

Autoestima, escasez y relación con el dinero

La forma en que una persona se valora a sí misma también influye directamente en cómo maneja sus recursos. Una autoestima sólida facilita poner límites, negociar mejores condiciones y corregir errores financieros sin culpa. Por el contrario, una autoestima debilitada puede llevar a gastar para llenar vacíos emocionales, evitar enfrentar deudas o aceptar condiciones desfavorables.

A esto se suma la sensación de escasez, que no siempre responde a una falta real de ingresos, sino a una percepción constante de insuficiencia. Cuando una persona vive con la idea de que “no alcanza”, su mente entra en un estado de túnel: todo lo que no es urgente desaparece del radar, afectando la capacidad de planificar y tomar decisiones estratégicas.

“El dinero suele convertirse en un reflejo de cómo nos sentimos con nosotros mismos. Por eso, mejorar la relación con el dinero también implica trabajar la seguridad emocional y la autoconfianza”, señala Pesantez.

La carga invisible que enfrentan las mujeres

En el caso de las mujeres, la relación entre emociones y dinero suele estar atravesada por una carga adicional. La combinación de trabajo remunerado, responsabilidades de cuidado y gestión del hogar reduce el tiempo y la energía disponibles para planificar, informarse y tomar decisiones financieras con calma.

Esta realidad no responde a una falta de capacidad, sino a un exceso de responsabilidades. Comprender este contexto es clave para promover una verdadera autonomía económica, que no se limite a exigir mejores hábitos financieros, sino que considere las condiciones reales en las que se toman las decisiones.

Pequeños cambios con impacto real

Cambiar hábitos financieros no requiere transformaciones radicales. De hecho, los cambios más sostenibles suelen ser pequeños y progresivos: pausar antes de comprar, automatizar el ahorro, registrar gastos de manera simple o identificar los momentos emocionales que detonan decisiones impulsivas.

La disciplina financiera no se construye desde la culpa ni la exigencia extrema, sino desde el autocuidado y la comprensión. Cuando las personas se permiten avanzar paso a paso, sin castigarse por errores pasados, el cambio se vuelve posible y duradero.

Hablar de dinero es, en el fondo, hablar de bienestar emocional, de relaciones familiares y de calidad de vida. Comprender cómo influyen las emociones en las decisiones económicas permite dejar de juzgarse con dureza y empezar a construir una relación más sana y consciente con los recursos.

El desafío no es solo aprender a hacer números, sino entender qué sentimos cuando los hacemos. Porque el dinero no es únicamente una herramienta económica: es también un reflejo de nuestras emociones, nuestra historia y nuestras expectativas de futuro.

Por Yazmín Bustán

Feminista. Trabajando en visibilizar el trabajo que hacemos las mujeres,

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