En el Mes de Sensibilización sobre el Cáncer de Mama, la detección temprana ocupa un lugar central en la conversación sobre prevención. Sin embargo, detrás de este mensaje persiste una duda mucho más práctica: ¿qué examen debería realizarse cada mujer y cuándo? El autoexamen, la ecografía y la mamografía suelen mencionarse como si fueran alternativas equivalentes, cuando en realidad cumplen funciones distintas y no necesariamente una reemplaza a la otra.
A escala global, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que el cáncer de mama provocó aproximadamente 694.000 muertes durante 2024 y se mantiene como el cáncer más frecuente entre las mujeres. Ecuador no es ajeno a esta realidad: para 2025, SOLCA Núcleo de Quito estimó 4.084 nuevos casos y 1.233 muertes asociadas a esta enfermedad en el país, cifras que refuerzan la necesidad de avanzar en la detección oportuna y el acceso a controles adecuados.
Uno de los desafíos es que el riesgo no siempre es evidente. La OMS señala que alrededor del 80 % de los cánceres de mama aparecen en mujeres sin factores de riesgo específicos conocidos, aparte del sexo y la edad. Es decir, no tener antecedentes familiares no elimina la posibilidad de desarrollar la enfermedad. Por eso, además de reconocer factores individuales, resulta importante entender qué puede —y qué no puede— aportar cada método de detección.
Conocerse ayuda, pero el autoexamen no sustituye las pruebas de detección
- La Dra. Andrea Calvopiña, Directora Médica de Praxmed, explica que observar y conocer regularmente los senos puede ayudar a identificar cambios que antes no estaban presentes: un bulto o engrosamiento, modificaciones en el tamaño o la forma, hundimientos o alteraciones de la piel, cambios en el pezón o secreciones inusuales son señales que justifican una consulta médica. Pero existe una diferencia importante entre conocer el propio cuerpo y utilizar el autoexamen como método de tamizaje.
- “Encontrar una alteración durante el baño o al vestirse puede ser una señal para consultar, pero esperar a sentir un bulto no es una estrategia suficiente de detección. Las pruebas por imagen pueden identificar algunas lesiones antes de que sean palpables”, explica la experta.
- Por eso, el autoexamen puede contribuir a reconocer cambios y motivar una consulta oportuna, pero no reemplaza los estudios indicados de acuerdo con la edad, los antecedentes y el nivel de riesgo de cada mujer.
Mamografía y ecografía: pruebas distintas que pueden complementarse
- De acuerdo con la Dra. Calvopiña, la mamografía utiliza rayos X y puede detectar alteraciones antes de que sean palpables, por lo que ocupa un lugar central en el tamizaje del cáncer de mama. En tanto que la ecografía emplea ondas de sonido y suele indicarse para profundizar en un hallazgo específico o complementar la evaluación, especialmente en mujeres con tejido mamario denso.
- Lejos de ser pruebas excluyentes, ambas pueden formar parte de una misma valoración. “Definir cuál utilizar y en qué momento depende de varios factores, entre ellos, la edad, los antecedentes personales y familiares, el nivel de riesgo y los hallazgos previos de cada paciente”, asegura la representante de Praxmed.
Entonces, ¿qué debería hacer cada mujer?
El punto de partida es evitar una fórmula única. “Una mujer joven con un bulto nuevo, otra de 45 años sin síntomas y una paciente con antecedentes familiares importantes pueden requerir aproximaciones diferentes”, dice la Directora Médica de Praxmed.
Como guía práctica, recomienda lo siguiente:
- Conocer los propios senos: estar atenta a cambios persistentes en su forma, piel, pezón o a la aparición de un bulto permite consultar oportunamente. Un cambio nuevo no debería esperar hasta el próximo control.
- Hablar sobre el riesgo individual: la edad, los antecedentes personales y familiares y algunas alteraciones genéticas pueden modificar el esquema habitual de detección.
- No reemplazar estudios médicos por el autoexamen: observar cambios ayuda a reconocer señales de alerta, pero no permite detectar todas las lesiones tempranas.
- Dar continuidad a un hallazgo: detectar una anomalía es solo el primer paso. Si una imagen o evaluación clínica genera sospecha, el diagnóstico puede requerir estudios adicionales y, cuando corresponde, una biopsia. El tratamiento posterior dependerá del tipo de tumor, su extensión y sus características biológicas.
La clave, entonces, no está en escoger una prueba de manera aislada, sino en mantener una vigilancia acorde con cada etapa de la vida y cada nivel de riesgo. Reconocer cambios, acudir a controles médicos y dar seguimiento a cualquier hallazgo permite convertir la detección temprana en una práctica continua, y no únicamente en una reacción ante la aparición de síntomas.
