Cada vez que una nueva tecnología irrumpe con fuerza, resurgen las mismas preguntas: ¿desaparecerán determinados empleos? ¿Seguirá teniendo sentido estudiar informática o ingeniería de sistemas cuando la inteligencia artificial ya es capaz de escribir código de manera rápida y eficiente?

La respuesta es sí. Pero no por las mismas razones que hace unos años se esgrimían.

La inteligencia artificial está modificando profundamente el desarrollo de software. Hoy, gran parte del tiempo de un programador se destina a escribir, revisar y corregir un código, una tarea que cada vez más podrá ser automatizada con herramientas basadas en inteligencia artificial. Sin embargo, el verdadero valor del desarrollo tecnológico nunca estuvo únicamente en programar. Estuvo y estará, cada vez más, en comprender los problemas del negocio, interpretar las necesidades de los clientes, diseñar arquitecturas robustas y tomar decisiones que ningún algoritmo puede asumir por sí solo. El criterio y la experiencia son los factores determinantes de este nuevo rol por asumir.

Ese criterio no se automatiza tan fácilmente, ya que requiere de experiencia, contexto, pensamiento crítico y una comprensión profunda de los procesos que se pretenden transformar. Esto, además, de estar alineado a los límites éticos, legales y de buen gobierno de la tecnología. 

La transformación recuerda a la evolución que tuvo el diseño industrial con la llegada del software CAD. Los planos técnicos no desaparecieron; cambió la forma de crearlos y, sobre todo, las capacidades necesarias para quienes los desarrollaban. El valor dejó de estar solo en la ejecución manual y pasó a concentrarse en la capacidad de diseñar mejor, simular, iterar, validar y conectar el diseño con la fabricación, la operación y el ciclo de vida del producto. Pues bien, con la inteligencia artificial ocurrirá algo similar: el desarrollo de software no dejará de existir, pero exigirá nuevas competencias y una mentalidad orientada al aprendizaje continuo. Se necesitarán profesionales capaces de trabajar junto a la IA, hacer mejores preguntas, validar respuestas, entender limitaciones, integrar herramientas y convertir capacidades tecnológicas en soluciones concretas para las organizaciones.

Este cambio representa un desafío tecnológico, pero sobre todo cultural. Las organizaciones deberán promover una cultura de actualización permanente e integrada-el ya conocido upskilling y resiklling-, donde aprender, desaprender y volver a aprender sean parte del trabajo cotidiano. La capacidad de adaptación será tan importante como el conocimiento técnico.

Al mismo tiempo, la aparición de herramientas basadas en IA plantea otro debate frecuente: ¿podemos confiar en software generado por inteligencia artificial? La realidad es que el error nunca fue patrimonio exclusivo de los dispositivos. Durante décadas, el software desarrollado por personas también presentó fallas, vulnerabilidades y errores de programación. Lo que permitió construir sistemas confiables no fue la ausencia absoluta de fallas y omisiones, sino la existencia de procesos rigurosos de validación, pruebas y mejora continua.

Esperar a que la inteligencia artificial sea perfecta antes de incorporarla sería perder una enorme oportunidad de innovación. El verdadero desafío consiste en utilizarla de manera responsable, complementando sus capacidades con supervisión humana, gobernanza y mecanismos sólidos de control de calidad.

En este escenario, plataformas abiertas y ecosistemas digitales, como Siemens Xcelerator, adquieren un papel estratégico. Más que incorporar inteligencia artificial como una funcionalidad aislada, el objetivo es integrarla dentro de procesos, herramientas y flujos de trabajo ya existentes que permitan acelerar la transformación digital de las organizaciones, reducir riesgos, acelerar toma de decisiones y aumentar la velocidad de innovación.

Hoy ya vemos agentes de IA incorporándose a las herramientas que las empresas ya utilizan. Más adelante, cuando la confianza, las capacidades y los modelos de trabajo evolucionen, la verdadera transformación llegará con la posibilidad de rediseñar procesos completos y crear nuevas formas de colaboración entre personas y agentes inteligentes.

Por eso, la pregunta ya no debería ser si vale la pena estudiar informática en la era de la inteligencia artificial. La verdadera pregunta es qué tipo de profesionales necesitaremos para liderar esta transformación. Todo indica que serán aquellos capaces de combinar conocimiento técnico con pensamiento crítico, creatividad, visión de negocio y capacidad para trabajar junto a la IA, convirtiéndola en un aliado para resolver problemas cada vez más complejos.

Porque el futuro del desarrollo de software no estará definido por quién escriba más líneas de código, sino por quién sea capaz de imaginar mejores soluciones.

Por Yazmín Bustán

Feminista. Trabajando en visibilizar el trabajo que hacemos las mujeres,

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